Jacobinos: totalitarismo revolucionario

Introducción

En la historia de la política moderna, pocas corrientes han tenido una influencia tan determinante como el jacobinismo. Surgidos en el fragor de la Revolución Francesa, los jacobinos fueron más que un grupo de revolucionarios: fueron los arquitectos de una nueva forma de hacer política basada en el centralismo, la ideología, la virtud cívica entendida como uniformidad moral, y la eliminación de la disidencia. Veamos la historia y las ideas de los jacobinos, señalando su legado como origen de la izquierda política moderna y los peligros que encierra su visión del poder y la sociedad.

1. El contexto revolucionario y el surgimiento del jacobinismo

La Revolución Francesa estalló en 1789 como una respuesta a la profunda crisis estructural que atravesaba la monarquía francesa. El Antiguo Régimen, con su sistema estamental, su privilegio nobiliario, su rigidez fiscal y su ineficacia administrativa, se mostraba incapaz de afrontar los retos de una sociedad moderna en plena transformación. El Estado estaba endeudado, el campesinado y la burguesía estaban asfixiados por impuestos y la aristocracia se negaba a ceder poder. En este caldo de cultivo, las ideas ilustradas encontraron terreno fértil.

Inspirados por los principios de libertad, igualdad y fraternidad, los revolucionarios se propusieron crear una nueva forma de organización política. Sin embargo, pronto surgieron divisiones entre quienes deseaban reformas moderadas y aquellos que aspiraban a una ruptura radical con el pasado. Entre estos últimos estaban los jacobinos.

El Club de los Jacobinos nació como un espacio de debate político, pero rápidamente se convirtió en un centro de organización ideológica radical. Formado inicialmente por burgueses ilustrados, abogados, pequeños comerciantes y funcionarios, los jacobinos pronto adquirieron gran influencia sobre la Asamblea Nacional y sobre el Comité de Salud Pública (Comité de Salut Public en francés). Su discurso apelaba directamente al pueblo, y pretendía representar la voluntad general por encima de las instituciones tradicionales y de cualquier forma de oposición.

Su ideología se basaba en las ideas de Rousseau, particularmente su teoría de la «voluntad general». El pueblo, encarnado en la Nación, tenía derecho a imponer su voluntad, incluso si ello significaba sacrificar a quienes no estaban de acuerdo. La libertad, para los jacobinos, no era individual, sino colectiva. No se trataba de tener derechos frente al Estado, sino de participar en su proyecto ideológico. Esta concepción, peligrosamente abstracta, abrió la puerta a la dictadura en nombre del bien común.

2. Robespierre y la dictadura de la virtud

El líder indiscutible del jacobinismo fue Maximilien Robespierre, conocido como el «Incorruptible», un apodo que refleja tanto su reputación de integridad personal como su inflexible rigidez ideológica. Robespierre fue el rostro moral de la Revolución, el hombre que creía que solo mediante la virtud se podía regenerar a Francia. Pero esta virtud, en su concepción, no era una práctica libre y plural, sino una imposición moral absoluta que debía aplicarse por la fuerza.

Para Robespierre, la política debía ser un instrumento de redención social, y el Estado, el agente de esa redención. Su visión era profundamente rousseauniana: creía que la voluntad general era infalible, y que quienes se oponían a ella eran enemigos de la República. No había espacio para la oposición legítima, ni para la diversidad de pensamiento; todo lo que no encajara con el ideal revolucionario era visto como contrarrevolucionario y, por tanto, digno de eliminación.

Esta visión dio origen al llamado «Terror» (1793-1794), una etapa de represión sistemática en la que el Comité de Salud Pública, bajo su liderazgo, instauró una dictadura de facto. Se suspendieron las garantías legales, se establecieron tribunales revolucionarios sin posibilidad de defensa real, y la guillotina se convirtió en símbolo del nuevo orden. Miles de ciudadanos, incluidos revolucionarios moderados, clérigos, aristócratas y campesinos, fueron ejecutados en nombre de la pureza revolucionaria.

Robespierre justificaba esta violencia mediante una lógica perversa, la violencia no solo era necesaria, sino moralmente buena si se ejercía por una causa justa. Así, el idealismo revolucionario degeneró en un régimen de terror que aniquiló cualquier oposición y sembró el miedo incluso entre sus propios aliados.

Paradójicamente, Robespierre terminó siendo víctima de la misma maquinaria que ayudó a crear. En julio de 1794, fue arrestado y ejecutado sin juicio justo. Su caída marcó el fin del Terror, pero el daño estaba hecho: Francia había probado por primera vez una forma moderna de totalitarismo revolucionario, cuyos ecos resonarían en regímenes posteriores.

3. El jacobinismo como origen de la izquierda política

El jacobinismo no solo marcó una etapa fundamental de la Revolución Francesa, sino que instauró el molde ideológico y político del que surgieron muchas de las características fundamentales de lo que hoy conocemos como izquierda política. De hecho, el propio término «izquierda» proviene de la ubicación física que ocupaban los diputados más radicales en la Asamblea Nacional: a la izquierda del presidente, en oposición a los moderados y conservadores, situados a la derecha.

Sin embargo, la significación va mucho más allá de una cuestión espacial. Los jacobinos desarrollaron una concepción ideológica basada en principios que luego serían repetidos, reinterpretados o exacerbados por movimientos de izquierda a lo largo de los siglos. Entre ellos destacan: el igualitarismo radical, el papel del Estado como instrumento de transformación social, el desprecio por la tradición como obstáculo al progreso, y la tendencia a considerar la disidencia como traición.

Los jacobinos instauraron por primera vez en la historia un modelo político que combinaba el poder absoluto del Estado con una misión regeneradora de la sociedad. La política dejó de ser una arena de negociación entre intereses contrapuestos para convertirse en un espacio de imposición moral. En su esquema, la ley no era un marco neutral que garantizara la convivencia, sino un vehículo para realizar un proyecto de virtud colectiva. Esta lógica es precursora del Estado ideológico, una constante en numerosos movimientos de izquierda posteriores, desde los socialismos utópicos hasta el comunismo soviético.

La concepción jacobina de la igualdad también introdujo un cambio crucial: ya no se trataba de garantizar la igualdad ante la ley, sino de intervenir activamente para imponer la igualdad de resultados. Para lograrlo, los jacobinos justificaban políticas de expropiación, control de precios, nacionalización de recursos, y eliminación de privilegios (reales o percibidos). Esta visión prefigura el intervencionismo económico y el igualitarismo social radical que han caracterizado a la mayoría de las corrientes socialistas y comunistas modernas.

Además, los jacobinos mostraron una clara hostilidad hacia las libertades individuales cuando éstas se interponían al ideal revolucionario. La libertad de expresión, de culto o de prensa fueron sistemáticamente restringidas, en nombre de la unidad y de la moral pública. Esta disposición a sacrificar las libertades en aras de un supuesto bien mayor también ha sido una constante en las corrientes de izquierda que buscan imponer un modelo único de sociedad.

Por todo ello, el jacobinismo no fue simplemente una facción revolucionaria: fue la semilla ideológica de un nuevo paradigma político, cuya influencia se ha proyectado en numerosos movimientos de izquierda, revolucionarios y reformistas, a lo largo de la historia contemporánea. Su legado, por tanto, merece una reflexión crítica, especialmente cuando sus principios siguen latentes en muchos discursos políticos actuales.

4. La izquierda moderna y la herencia jacobina

Las ideas jacobinas se encuentran en el corazón de muchas doctrinas de izquierda posteriores. El comunismo de Lenin y Stalin se inspiró abiertamente en el modelo de partido único jacobino, con su centralismo férreo, su retórica moralizante y su eliminación sistemática de la oposición. La revolución bolchevique replicó las purgas, los tribunales revolucionarios, el culto al líder virtuoso y la idea de que el Estado debía moldear al nuevo hombre. Incluso el propio Lenin reconocía en los jacobinos un precedente histórico, al elogiar la energía revolucionaria y la disposición a emplear el terror para transformar la sociedad.

Pero más allá de los regímenes abiertamente totalitarios, el jacobinismo dejó una marca indeleble en el ADN de toda la izquierda moderna. La fe en el poder redentor del Estado, la voluntad de reconfigurar la sociedad desde arriba mediante la ley, la burocracia y la propaganda, y la tendencia a etiquetar al adversario político no como un oponente legítimo sino como un enemigo moral, son rasgos que nacieron en el seno del jacobinismo y que hoy perviven, incluso en las formas más moderadas del progresismo contemporáneo.

El intervencionismo estatal, por ejemplo, tiene raíces jacobinas. No se trata solo de regular o corregir desigualdades económicas, sino de una visión más profunda: el Estado como arquitecto de la sociedad justa, como garante no solo de derechos, sino de virtudes. Esta lógica lleva a una expansión constante del aparato estatal, que ya no se limita a arbitrar entre intereses privados, sino que asume la misión de modelar las conciencias, imponer visiones del bien común, y erradicar todo lo que considere retrógrado, discriminatorio o reaccionario.

Asimismo, la llamada «ingeniería social», tan característica de la izquierda moderna, es heredera directa del impulso jacobino por rehacer la sociedad desde cero. La planificación central, los programas ideológicos en la educación, la reescritura de la historia oficial, el control del lenguaje mediante políticas identitarias o inclusivas, y la transformación de la cultura a través del aparato político-mediático, son expresiones contemporáneas de un impulso originado en la Revolución Francesa: el deseo de sustituir el orden espontáneo de la tradición por un orden racional, diseñado por una élite ilustrada.

También persiste la maniquea división de la sociedad en «progresistas» y «reaccionarios», herencia directa del lenguaje jacobino. En este marco, toda oposición se convierte en sospechosa, todo debate se reduce a una lucha entre el bien y el mal, y toda crítica es interpretada como una traición al proyecto emancipador. Esta lógica excluyente impide el pluralismo, margina al disidente y convierte la política en una forma de religión secular, con sus dogmas, herejes y redentores.

Incluso el lenguaje moralizante, tan presente en los discursos actuales de parte de la izquierda, remite al ethos jacobino. El adversario no solo se equivoca, sino que es inmoral. La política se convierte así en un tribunal permanente, donde quienes no comparten la visión oficial son denunciados como enemigos de los derechos, del progreso, de la igualdad, o de cualquier otro valor sagrado del momento. Esta dinámica no deja espacio para la autocrítica ni para el reconocimiento de la complejidad de la realidad social: todo se reduce a una cruzada moral.

Por todo esto, el jacobinismo no es solo una etapa del pasado, sino una matriz ideológica que sigue viva. Puede haber mutado en formas más suaves, más institucionales o más democráticas, pero su núcleo permanece: el Estado como instrumento de regeneración moral, el proyecto político como cruzada redentora, y la supresión del disidente como garantía de unidad. Comprender esta herencia es esencial para entender los riesgos de cualquier ideología que aspire a rediseñar la sociedad desde un plano ideal, ignorando los límites, los matices y, sobre todo, la libertad del individuo.

5. La violencia como herramienta política

Uno de los legados más oscuros del jacobinismo fue la legitimación de la violencia como instrumento necesario —e incluso virtuoso— para alcanzar fines políticos. Para los jacobinos, el terror no era un exceso o una aberración circunstancial, sino una fase inevitable y justificada del proceso revolucionario. Robespierre lo expresó con claridad brutal: «El terror no es otra cosa que la justicia pronta, severa, inflexible; es una emanación de la virtud.» Bajo esta lógica, la violencia no era un medio ocasional, sino un principio estructural del nuevo orden.

Este principio fue sistematizado durante el período conocido como El Terror (1793–1794), en el cual se institucionalizó la represión en nombre de la virtud revolucionaria. La guillotina, convertida en símbolo del nuevo régimen, no solo eliminó aristócratas y contrarrevolucionarios, sino también a antiguos aliados revolucionarios que se desviaban de la línea ideológica oficial. La «sospecha» se convirtió en causa suficiente para una sentencia de muerte. La ley de los sospechosos, promulgada en septiembre de 1793, eliminó cualquier garantía jurídica real, y redujo la noción de justicia a una mera herramienta de supervivencia política del régimen.

Este uso de la violencia política como forma de purificación social no desapareció con la caída de Robespierre. Al contrario, se convirtió en modelo para muchos regímenes revolucionarios posteriores. Lenin adoptó abiertamente el concepto de terror rojo, inspirado por el jacobinismo, para aplastar a sus enemigos políticos. Stalin perfeccionó esta práctica con sus purgas masivas, donde el aparato judicial se subordinó por completo a la lógica del poder absoluto. Mao Zedong, Pol Pot, Fidel Castro y otros líderes revolucionarios siguieron caminos similares: la violencia no como fracaso de la política, sino como su expresión más «coherente» y comprometida con la causa.

Incluso en democracias modernas con una izquierda radicalizada, la justificación moral de ciertas formas de coacción, censura o represión contra «enemigos ideológicos» encuentra sus raíces en esta herencia. El principio subyacente es el mismo: si el objetivo es noble, cualquier medio se vuelve aceptable; si el adversario representa el mal, su destrucción no solo es permisible, sino deseable.

Esta visión perversa transforma la política en una guerra religiosa sin piedad, donde el otro no es un competidor, sino un enemigo que contamina el cuerpo social. En este marco, la violencia no destruye el ideal, sino que lo realiza. La revolución jacobina, en este sentido, fue el laboratorio originario del totalitarismo moderno: un régimen donde el poder no se limita ni se controla, sino que se justifica en nombre de una causa trascendente.

Además, la violencia jacobina operaba también a nivel simbólico y cultural: destruir templos, reescribir calendarios, prohibir liturgias, imponer nuevos rituales cívicos… todo formaba parte de una guerra contra el pasado, contra la memoria colectiva, y contra cualquier forma de resistencia simbólica. Esta dimensión de violencia simbólica —que hoy encontramos en formas más sutiles como la cancelación, la censura ideológica o la reeducación institucionalizada— es otro componente duradero del modelo jacobino.

En resumen, los jacobinos establecieron el precedente moderno de que el fin justifica los medios, siempre que esos medios estén al servicio de un ideal absoluto. Esta es una de las lecciones más peligrosas que nos dejó la Revolución Francesa. Porque cuando la violencia se moraliza, se despoja de sus límites éticos y se convierte en virtud… lo que sigue es siempre una tragedia.

6. El culto a la razón y la destrucción del pasado

Uno de los aspectos más radicales y reveladores del jacobinismo fue su intento de instaurar un nuevo orden simbólico y espiritual, fundado en la Razón como principio absoluto. Esta sustitución no fue solo política, sino también cultural, religiosa y antropológica: los jacobinos no querían simplemente cambiar las leyes o las instituciones, sino reinventar el mundo desde sus cimientos, aboliendo todo lo anterior como si fuera una enfermedad moral que debía ser extirpada.

En 1793, bajo la influencia de figuras como Robespierre y los hebertistas, se instauró el Culto a la Razón, una religión civil que buscaba reemplazar al cristianismo tradicional, al que los jacobinos consideraban una superstición arcaica y enemiga del progreso. Las iglesias fueron cerradas o reconvertidas en «templos de la Razón», se destruyeron símbolos religiosos, se profanaron cementerios y se persiguió con violencia a sacerdotes y creyentes. El calendario cristiano fue sustituido por un calendario republicano, con meses renombrados según ciclos naturales y sin referencia alguna al domingo ni a celebraciones religiosas. El «año I» de la Revolución debía marcar el comienzo de una nueva era histórica, donde la razón sustituía a la fe, y el ciudadano reemplazaba al creyente.

Este intento de borrar el pasado y comenzar desde cero no fue simplemente una extravagancia ideológica. Fue una manifestación clara del impulso totalitario, típico del jacobinismo, de negar cualquier límite —sea tradicional, religioso, histórico o moral— que pudiera resistirse a su visión del mundo. La historia debía ser purificada, la memoria colectiva reescrita, y el tiempo mismo reorganizado para adaptarse a la utopía revolucionaria.

Esta voluntad de tabula rasa, de empezar la historia desde un punto cero elegido por la ideología dominante, ha reaparecido una y otra vez en los regímenes inspirados por el jacobinismo. La Revolución Cultural china, por ejemplo, persiguió los «cuatro viejos»: viejas costumbres, vieja cultura, viejas ideas y viejas tradiciones. De modo similar, el comunismo soviético reescribió la historia oficial según los intereses del partido, eliminando figuras incómodas y reinterpretando los hechos para legitimar su poder.

En el presente, esta mentalidad resurge en movimientos que, bajo la bandera del progresismo, promueven la cancelación cultural, la revisión selectiva de la historia, el derribo de estatuas, la censura de símbolos considerados «opresores», y la sustitución del pensamiento crítico por una ortodoxia ideológica supuestamente «racional» o «inclusiva». Lo que en apariencia puede parecer un ajuste de cuentas con el pasado injusto, en realidad repite una lógica peligrosa: la de suprimir la memoria en lugar de comprenderla, y la de imponer una nueva moral absoluta en lugar de dialogar con la historia en toda su complejidad.

El culto jacobino a la Razón no fue, por tanto, un verdadero homenaje al pensamiento ilustrado, sino una perversión del mismo. En lugar de promover la libertad de conciencia, impuso un dogma secular, que terminó funcionando como una religión sin Dios, pero con herejes, rituales, liturgias y castigos. Al reemplazar la fe por una ideología excluyente, los jacobinos no liberaron al individuo: simplemente cambiaron de tiranía.

7. Las mujeres y el jacobinismo: una revolución que también reprimió

Aunque la Revolución Francesa se presentó como un movimiento emancipador en nombre de los principios universales de libertad, igualdad y fraternidad, en la práctica, la mitad de la población —las mujeres— quedó excluida de los derechos políticos y cívicos que los jacobinos decían defender. A pesar de la intensa participación femenina en las jornadas revolucionarias, los jacobinos impusieron una visión profundamente patriarcal del nuevo orden, donde la mujer solo era aceptada como símbolo o instrumento del cambio, pero no como sujeto autónomo de derechos.

Durante los primeros años de la Revolución, muchas mujeres participaron activamente en la vida política. Organizaron clubes, lideraron marchas, escribieron manifiestos y exigieron su inclusión plena en la ciudadanía. Entre las más destacadas estuvo Olympe de Gouges, autora en 1791 de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, una réplica crítica al texto fundacional de los Derechos del Hombre. En ella, de Gouges denunciaba la exclusión de las mujeres de la vida pública y reivindicaba su derecho al voto, a la propiedad, a la educación y a la participación política.

Pero estas demandas chocaban frontalmente con la visión jacobina del orden social. Para Robespierre y sus seguidores, la mujer debía limitarse al ámbito doméstico, como madre y educadora de futuros ciudadanos virtuosos, pero no como ciudadana plena. La política era, para ellos, un terreno exclusivamente masculino. En 1793, el Club de las Ciudadanas Republicanas Revolucionarias, uno de los más activos en la lucha por la igualdad femenina, fue clausurado por orden del gobierno revolucionario. A las mujeres se les prohibió reunirse en asambleas políticas, hablar en público sobre asuntos de Estado y participar en manifestaciones.

La represión no fue solo simbólica. Olympe de Gouges fue arrestada, juzgada y ejecutada en la guillotina, acusada de «atacar los principios fundamentales de la Revolución». Su delito real: haber defendido la igualdad de la mujer y haber criticado los excesos del jacobinismo. Como ella, muchas otras mujeres fueron silenciadas, perseguidas o ridiculizadas por intentar salir del rol tradicional que los revolucionarios les asignaban.

En este sentido, el jacobinismo no representó un avance para los derechos de las mujeres, sino una restauración bajo ropajes revolucionarios. A pesar de su retórica igualitarista, los jacobinos excluyeron sistemáticamente a las mujeres del espacio público, negándoles el acceso a la educación superior, al voto, a los cargos públicos e incluso al derecho a opinar políticamente. La revolución proclamaba «igualdad», pero solo para los hombres.

Este doble discurso —igualdad en teoría, exclusión en la práctica— anticipa una constante en muchos movimientos de izquierda posteriores. Aunque suelen proclamarse aliados del feminismo o de los derechos de las mujeres, con frecuencia subordinan estas causas a las prioridades ideológicas del momento, sacrificando su coherencia en nombre de la unidad revolucionaria. La mujer emancipadora solo es bienvenida si sirve a la causa; si se desvía o reclama su autonomía, se convierte en una amenaza.

El jacobinismo, en este sentido, no fue solo una revolución política o social, sino también una revolución fallida en lo que respecta a la igualdad de la mujer. Su legado nos recuerda que la exclusión puede vestirse de virtud, y que los discursos de libertad pueden esconder nuevas formas de dominación. La historia de las mujeres en la Revolución Francesa es la historia de una promesa traicionada: la de una igualdad que nunca fue pensada para todos.

8. Críticas contemporáneas y legado ambiguo

Desde sus orígenes, el jacobinismo ha sido objeto de intensas críticas, tanto de pensadores liberales como conservadores, y más tarde, incluso desde ciertas corrientes de izquierda desilusionadas con sus consecuencias históricas. Filósofos como Edmund Burke, considerado uno de los padres del conservadurismo moderno, advirtió tempranamente que la Revolución Francesa no era una conquista de la libertad, sino una deriva peligrosa hacia el despotismo moral. En su célebre obra Reflexiones sobre la Revolución en Francia, Burke denunció la destrucción del orden natural, la arrogancia de la razón abstracta, y el desprecio por la tradición como elementos que solo podían desembocar en caos y tiranía.

También Alexis de Tocqueville, aunque simpatizante de algunas ideas liberales surgidas de la Revolución, fue muy claro al identificar en el jacobinismo la semilla del totalitarismo moderno. Para Tocqueville, la centralización del poder, el uso de la virtud como arma política, y la eliminación del pluralismo eran síntomas de una política peligrosa, que disfrazaba el absolutismo con ropajes democráticos. En sus análisis, la democracia debía construirse sobre el respeto a la libertad individual, no sobre la imposición de una moral única dictada por el Estado.

En el siglo XX, pensadores de diversas corrientes ideológicas —liberales como Isaiah Berlin, marxistas críticos como Cornelius Castoriadis, o posmodernos como Michel Foucault— también coincidieron en que el legado jacobino no puede entenderse sin confrontar su vocación autoritaria. La idea de que la política puede y debe regenerar moralmente a la sociedad es, en el fondo, incompatible con el pluralismo, la libertad de conciencia y el debate abierto que exige cualquier democracia sana.

Incluso dentro de la izquierda contemporánea existen voces que han cuestionado el jacobinismo como modelo. Intelectuales como Claude Lefort o Marcel Gauchet han advertido sobre los peligros de convertir la política en una nueva religión secular. Cuando la ideología se sacraliza, el Estado se convierte en instrumento de redención y sus opositores en herejes. En este contexto, la violencia ya no es una anomalía, sino una consecuencia lógica del proyecto de transformación absoluta.

A pesar de estas críticas, el jacobinismo sigue siendo reivindicado en algunos círculos, sobre todo por su defensa intransigente de la igualdad, la soberanía popular y el laicismo. Para ciertos sectores, su radicalismo fue necesario frente a la resistencia de los privilegios del Antiguo Régimen, y su autoritarismo, un «mal menor» frente a las amenazas contrarrevolucionarias. Esta lectura benévola, sin embargo, pasa por alto los costos humanos y éticos de su actuación, así como los precedentes que sentó para futuras dictaduras ideologizadas.

Hoy, muchos de los dilemas que planteó el jacobinismo siguen vivos. La tentación de suprimir el opositor en nombre de una causa justa, de homogeneizar la cultura en aras de una moral colectiva, o de usar el poder estatal como medio de reeducación social, son prácticas que persisten, especialmente en contextos donde se impone una visión totalizante de la política. La lección que deja el jacobinismo es clara: cuando la política se convierte en religión, el ciudadano se convierte en súbdito, y la libertad, en un obstáculo que debe ser eliminado.

Su legado, por tanto, es profundamente controvertido. Instauró una lógica de poder excluyente y violenta, que ha sido replicada por regímenes autoritarios a lo largo de la historia moderna.

En resumen: El corazón totalitario del jacobinismo

Lejos de ser simplemente una etapa heroica de la Revolución Francesa, el jacobinismo debe entenderse como el primer experimento moderno de totalitarismo ideológico. En nombre de la virtud, se justificó el terror; en nombre del pueblo, se suprimió toda disidencia; y en nombre de la razón, se intentó destruir el pasado y reconfigurar a la sociedad entera. El resultado no fue libertad, sino sometimiento. No fue igualdad, sino una nueva jerarquía moral impuesta por una minoría ilustrada.

Uno de los aspectos más reveladores de esta impostura igualitaria fue el trato reservado a las mujeres. A pesar de la retórica de derechos universales, el jacobinismo reprodujo —e incluso endureció— la exclusión de las mujeres del espacio público. Las revolucionarias que alzaron la voz por la igualdad fueron silenciadas, y algunas, como Olympe de Gouges, pagaron con la vida. La revolución proclamó derechos, pero los reservó para los hombres. La mujer, convertida en símbolo, fue útil mientras obedecía; cuando pensó y actuó por sí misma, se volvió peligrosa.

Este patrón no ha desaparecido. Muchos regímenes y partidos políticos actuales que se autoproclaman progresistas o de izquierda repiten los mismos mecanismos jacobinos: exaltación de la igualdad abstracta mientras perpetúan formas de exclusión, culto al Estado como agente redentor, eliminación del pluralismo ideológico, y desprecio por la tradición, la religión o la familia como «obstáculos al progreso».

La herencia jacobina se hace visible hoy en regímenes autoritarios como los de Cuba, Venezuela, Corea del Norte o la Nicaragua de Ortega, donde se reprime a la oposición, se adoctrina a la población y se instrumentaliza el discurso de los derechos para justificar abusos de poder. Pero también se percibe, de forma más sutil, en partidos de izquierda radical en democracias occidentales que promueven cancelaciones ideológicas, ingeniería social y censura bajo la bandera del bien común. La lógica es siempre la misma: el Estado sabe lo que es mejor para ti, incluso si tú no lo sabes. Y si disientes, eres un enemigo de la justicia, de la igualdad o del progreso.

El jacobinismo no fue solo una revolución política, sino una transformación total de la relación entre el individuo y el poder. Su legado sigue presente en toda ideología que no reconoce límites al poder estatal, que desprecia la libertad individual, y que pretende redimir a la humanidad a través de un proyecto político único e indiscutible. En nombre de la igualdad, destruyó la libertad. En nombre de la razón, suprimió la humanidad.

Por eso, más que un capítulo cerrado de la historia, el jacobinismo es una advertencia: toda revolución que convierte la política en religión, y al disidente en enemigo, está condenada a repetir sus errores más oscuros. Y en ese proceso, siempre serán los más vulnerables —las mujeres, las minorías reales, los que piensan diferente— quienes paguen el precio más alto.